Zenshoan. Un tesoro terrorífico


Fue en plena fiesta del Obon en agosto del 2015, lo recuerdo como si fuera hoy. El país se encontraba inmerso en esta fascinante costumbre en la que se rememoran y honran a los antepasados que ya emprendieron el eterno viaje.

Los templos de cada ciudad, pueblo y barrio se encontraban atestados de familiares engalanados con sus mejores ropas, que portaban las ofrendas pertinentes para sus antepasados. Todo el país olía a incienso, a santidad y a recuerdos.

Y fue en este ambiente tan importante para los japoneses cuando me aventuré a este corto viaje. Era un jueves, si la memoria no me falla. Había cogido un vuelo barato desde Osaka hasta la ciudad de Tokyo. Me encontraba muy cansado, pues había dormido muy poco en esos días.

En esas fechas disfrutaba de unas pequeñas vacaciones, y los viajes y excursiones que había estado realizando por buena parte de la zona de Kansai se empezaban a amontonar en mi cuerpo. La razón que me había traído hasta esta estrafalaria ciudad era lo único que me mantenía con ganas de seguir adelante; un deseo que llevaba mucho tiempo que se cumpliera.

Una exposición absurdamente terrorífica

Creo que el motivo por el que había decidido a ir a Tokyo no se podría definir mejor. Una exposición muy especial abría sus puertas tan sólo unos pocos días cada agosto. El lugar, un viejo y pequeño templo budista llamado “Zenshoan” (全生), situado en la zona norte de la gran urbe.

Un templo que, aunque a primera vista, podía no parecer ser nada del otro mundo, guardaba en su interior una de las pocas colecciones de pinturas “Yuurei” (pinturas que representan fantasmas y espectros que retornan al mundo de los vivos buscando venganza), una de las pocas que aún quedan en todo el país.

Llegué al lugar pronto por la mañana, tan pronto que aún no habían ni abierto el recinto. Tras media hora de eterna espera, logré acceder a la nave principal donde la exposición me esperaba.

Me descalcé a la entrada, dí a un amable monje mi mochila para que la custodiara y puse un pie dentro. Nada más entrar me quedé de piedra. La habitación donde se exponían no era muy grande, con un suelo de madera clara que contrastaba con el alto techo oscuro.

Colgadas en las paredes y en unas improvisados murales centrales, se encontraban los famosos tesoros por los que este templo debía su fama.

Vista de dos de las telas dentro de la exposición

Cincuenta telas que jamás olvidaré

Cincuenta telas que mostraban los terrores más ancestrales de un pueblo obsesionado desde la noche de los tiempos con la muerte y el misterio. Obras que mostraban un mundo sepultado por el desarrollo y las nuevas tecnologías; un mundo antiguo, que fue ley hasta no hace mucho y que dictó la vida de los japoneses.

No puedo olvidar el impacto que me produjo el verlas todas a la vez la primera vez que entré ya que, debido a la sobria iluminación del lugar, se conseguía un efecto en las mismas que las engrandecía aún más.

El detalle que tienen estas obras roza la obsesión

Recuerdo la primera que observé: me daba la bienvenida la representación de una mujer delgada, esquelética, portando un mohoso y viejo kimono de seda blanca, que se había tornado amarilláceo quizá por el tiempo y el uso, y situada en lo que parecía ser un pequeño bosque.

La luz de una gran luna marcaba la escena iluminando a esa extraña fémina que realizaba un extraño gesto con sus huesudas manos. Tenía la vista como perdida, como si no pudiera dejar de rememorar desgracias pasadas.

Por boca, una pequeña línea y labios finos por donde asomaban dos dientes blancos; el todo conformaba una mueca difícil de describir con palabras. Su pelo, vaporoso, parecía desaparecer debido al juego de luces del lugar. Me puso los pelos de punta.

A su lado, otra más: Según explicaba la ficha, se realizó en algún momento entre el año 1840 y 1923.

En ella se aparecía otra mujer, con el pelo recogido en el típico moño japonés de la época. Al fijarme un poco más, me di cuenta de que estaba perdiéndolo. Parte de su negro cabello se encontraba dentro de su boca; era como si se estuviera comiendo su propia melena. Su expresión transmitía un enfado difícilmente descriptible. Parecía que se encontraba dentro de alguna habitación.

Al acercarme un poco a la tela, me fijé que llevaba un kimono blanco abrochado del revés; no había duda, ese detalle indicaba que la persona que allí aparecía no estaba viva. En su mano izquierda, sujetaba dos flores amarillas al revés; en su mano derecha, de nuevo, mechones de su propio pelo.

Aquí una de las más impactantes. El ser abandona su condición de humano para pasar a ser un monstruo.
Aquí una de las más impactantes. El ser abandona su condición de humano para pasar a ser un monstruo.

Tras ver unas pocas telas sentí que me estaba asomando a un abismo muy oscuro. En otra, aparecía un hombre calvo, tenía la boca totalmente desencajada, deforme, con una expresión de dolor o terror como pocas veces había visto.

Se le marcaban las costillas como si no hubiera comido en meses, el resto de su decrépito cuerpo lo tapaba un kimono lleno de negras sombras.

Me sorprendió que, aunque la escena era totalmente lamentable, la faz del anciano no parecía desprender ningún sentimiento de enfado; más bien parecía triste, como rememorando su quizá mala suerte en su anterior vida.

Su expresión fue lo que más me llamó la atención.
Su expresión fue lo que más me llamó la atención.

En el centro de la sala, aparecía otra escena de una mujer que sujetaba un gran palo; parecía que estaba en un río en medio de un bosque. Un pelo largo y lacio le caía hasta casi los pies.

Como decía, portaba un palo o rama con el que parecía azotar los restos de un cadáver. Unos pocos huesos que se repartían entre el poco caudal del río y su orilla. No entendía lo que estaba ocurriendo.

Me acerqué a la ficha debajo de la obra, para ver si podía sacar algo de información de la escena. Tan sólo entendí algunos símbolos, suficientes para ponerme la piel de gallina: Mujer celosa, esposa anterior.

Una ventana hacia el puro miedo

Representaciones de calaveras, mujeres de tonalidad azul y ojos en blanco, animales fantasmales, espectros sonrientes cuya dentadura sobresale por sus labios como si fueran nada más que alimañas, y que se asoman al lecho donde duermen sus antiguas parejas, perfiles de mujeres fallecidas que se van desvaneciendo en el aire, una mujer sin pies que llora desconsoladamente bajo unas escaleras… un sinfín de personajes terroríficos como nunca había podido observar dentro de unas situaciones que rozaban el absurdo.

zensho-tela

Ignoro cuánto tiempo pasé dentro de esa sala, sé que fueron algunas horas. Horas en las que, a falta de poder hacer fotos, intenté plasmar todas y cada una de las obras en mi cuaderno.

No quería olvidarme de ninguna de las imágenes que había podido admirar durante ese rato. Aún recuerdo algunos de ellos, grabados en mi mente. Me llamaba la atención que a mi lado pasaran, muy de vez en cuando, personas que miraban, sonreían e incluso se mofaban de algunas de las obras que colgaban de las paredes. Nunca entendí la razón de sus sonrisas.

Tras ese largo rato tomando notas, decidí pasar el día haciendo algo de turismo por la capital. No pude quitarme de la cabeza todo lo acontecido. Un desasosiego que no podría describir me duró durante varios días. Lo peor fue la primera noche, aunque cerrara los ojos, ellos seguían allí.

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