The End, una ópera poco convencional


Una ópera nada convencional proyectada en seis pantallas, sin actores, con música electrónica, voces sintéticas, animación 3D y luces estroboscópicas. Así se podría resumir, con pocas palabras, The End; la obra del artista nipón Keiichiro Shibuya que aterrizó la semana pasada en Naves Matadero (Madrid) y que también ha sido representada en importantes ciudades europeas como París, Hamburgo y Ámsterdam.

The End parte de una premisa muy clara: la muerte. La muerte de un teléfono, la muerte de un ser humano, tu propia muerte… pero la muerte al fin y al cabo. Es la popstar digital e ídolo de masas Hatsune Miku, acompañada, a ratos, de una especie de adorable ratón gigante, la encargada de transmitir esta idea al público, en una representación que mezcla realidad y ficción continuamente hasta llegar a ese amargo “final”.

Keiichiro Shibuya, fundador de la discográfica especializada en música electrónica ATAK, en compañía del director artístico YKBX y el músico Evala, tan sólo tardaron un año en completar esta particular ópera, de una hora y media de duración y proyectada sin descansos con subtítulos en español y en inglés.

Es el propio Shibuya la única figura humana que pisa el escenario a lo largo de toda la representación, situado en una especie de cubículo rodeado de pantallas que forman parte de la imponente puesta en escena. El resto está todo digitalizado. Fue el fallecimiento de su propia mujer, hace ya una década, lo que le inspiró a la hora de gestar esta obra, que muy pronto aterrizará también en Barcelona.

La obra está teñida de un significativo toque onírico en el que las leyes de la física no tienen cabida. Nuestro personaje de coletas turquesa viaja de un lugar a otro sin lógica aparente, al tiempo que se cuestiona su propia identidad para, finalmente, hacerle frente a su inevitable mortalidad. El colorido vestuario que viste la joven Miku, así como las luces centelleantes que inundan el teatro constantemente, contrastan con la temática oscura de la ópera.

Impresionan especialmente los efectos de sonido envolvente empleados en la obra, que sumergen al espectador en la historia, como si el patio de butacas se introdujera por completo en este universo digital. También debemos destacar el inteligente uso de las pantallas, que generan un interesante efecto 3D sin necesidad de utilizar gafas. No obstante, el a ratos desmesurado empleo de las luces estroboscópicas lo hacen un espectáculo no apto para todos los públicos (importante dato a tener en cuenta antes de asistir a la ópera).


The End va mucho más allá de la cultura del anime que tanto triunfa ya en nuestro país; cualquier aficionado a la música electrónica experimental y a los espectáculos psicodélicos de toque futurístico y vanguardista podrá disfrutar de esta ópera japonesa única en el mundo.

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