Japón, La belleza de lo pequeño


Hace algunos años leí en un libro cuyo título no recuerdo, una frase que hacía referencia a lo siguiente:

la belleza en Japón no se encuentra en las grandes cosas, si no en los pequeños detalles

Tengo que reconocer que, en ese momento, no entendí el significado de esta cita.

Sin embargo, tras años visitando y estudiando esta cultura, uno se da cuenta de la importancia de la misma.

No hay mejor definición para la cultura japonesa que llamarla la cultura de lo pequeño. El concepto de belleza difiere totalmente al nuestro; ellos prefieren abandonar el sentimiento megalómano y materialista que impera desde siempre en nuestra cultura, tomando conciencia de que lo bello no siempre es lo que se ve a simple vista.

En Japón, al contrario que en occidente, apenas se levantaron monumentos enormes en nombre de la religión o del poder estatal. La belleza en su cultura es otra cosa que nada tiene que ver con la exaltación de lo material, sino de la preocupación por decir más con menos.

Necesitarás fijarte bien en ciertos objetos y lugares, inspeccionar aquéllo que no resalte tras un primer vistazo para empezar a poder entender que lo bello, muchas veces, requiere de un esfuerzo extra al que no estamos acostumbrados.

Un ejemplo muy claro son los jardines budistas: existen centenares de ellos por toda la geografía japonesa; si los visitas uno a uno, notarás que su concepto de jardín no tiene nada que ver con el que tenemos en occidente.

No hay grandes alardes técnicos, ni flores maravillosas de infinidad de colores situadas en formas geométricas perfectas. Sin embargo, es en sus detalles donde destaca su importancia.

Interior jardín budista. Cada elemento tiene su lugar.
Interior jardín budista. Cada elemento tiene su lugar.

Cada jardín está estructurado de una manera muy estudiada, en donde hasta la piedra más pequeña está colocada de una determinada manera para cumplir un “plan” establecido, para formar un mapa de conocimiento que, tan sólo, los iniciados en el tema, pueden entender.

Otro ejemplo claro son los templos (tanto budistas como sintoístas). No se tiene más que viajar por la geografía nipona para darse cuenta de que muchos están situados en los lugares más insospechados.

Puedes ir a Nara y visitar el maravilloso Toudaiji (la construcción en madera más grande del mundo en pie), o puedes visitar el templo de Jinmu en Kashihara (se cree que fue el primer emperador de Japón), y admirar todos sus detalles y la belleza de sus construcciones.

Toudaiji de Nara. La construcción más grande en madera del mundo.

Sin embargo, lo que caracteriza a este maravilloso país, es que incluso adentrándote por inesperados pueblos, rodeados por pequeños edificios de tejados oscuros y alejados de las rutas más transitadas, se pueden encontrar simples casetas de madera con un pequeño altar y con alguna que otra ofrenda.

Lo primero que le viene a uno a la mente al verlos es que no parecen templos, tanto su simpleza como, en muchos casos, su deterioro no hacen pensar al visitante que sean lugares de culto, más bien parecen casas abandonadas.

Detalle del interior del altar en un pequeño templo sintoísta en un pueblo perdido.
Detalle del interior del altar en un pequeño templo sintoísta en un pueblo perdido.

Sin embargo, al acercarse es cuando uno se da cuenta de su error; hasta los templos más humildes y alejados están construidos y decorados con el mismo mimo y detalles enfermizos que los grandes. La belleza aquí reside en su simpleza.

A simple vista parecen tan sólo unas casetas con un techo negro azabache que resalta sobre la vegetación, pero ni su localización, ni sus detalles, ni sus pinturas, ni sus escrituras, ni nada de lo que puedes encontrar está dejado al azar.

Todo se encuentra dispuesto con una lógica que se nos escapa, y el conjunto que se forma es una definición perfecta de esa belleza de lo simple y pequeño, pero dotada de una complejidad muy difícil de explicar.

Pequeña figura de Inari (dios del arroz y la riqueza). Fijaros en los detalles.

Por otro lado, si vamos al aspecto humano, la belleza de una geisha, por ejemplo, no radica solamente en su maquillaje o en su kimono, son los pequeños detalles de la susodicha lo que la definirá como digna o no de su título.

Su manera de hablar, de mirar, de servir y atender a sus invitados, su manera de andar y hasta de gesticular en cada momento, es lo que realmente caracteriza su papel. Mirando una fotografía, uno no puede saber si aquélla mujer es una verdadera geisha o una simple imitadora.

geisha
Las Geishas y Maikos necesitan muchos años de estudio y preparación para poder cumplir su papel a la perfección.

Son esas pequeñas cosas, esa cultura maniática de poner énfasis y rito en cada gesto y esfuerzo, lo que realmente determinará su belleza y grandeza.

Esto se ve también en la famosa ceremonia del té. Un rito antiguo en el que una mujer, tras años y años de duro esfuerzo y ensayo, realiza una de las ceremonias más bellas que hemos visto.

Absolutamente todo se encuentra preparado de antemano: el té, los objetos, la ropa y los gestos a la hora de prepararlo; todo sigue un complejo manual que consigue dotar al evento de esa belleza compleja. Lo que menos importa en la ceremonia es el propia té, es el conjunto lo que hace destacar a este ritual.

Es por eso que, quienes tengan la oportunidad de residir en Japón y llegar a comprender aunque sea de una manera superficial esta cultura, entenderán perfectamente de lo que hablamos en las líneas anteriores.

Y si no has tenido oportunidad de conocerlo, tampoco debes sentirte desplazado. Con esta experiencia te invitamos a que profundices en los matices más desconocidos de su cultura para llegar a apreciar cada detalle.

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