Hiroshige llega a Valencia con la serie completa de Las cincuenta y tres estaciones del Tôkai-dô


El MuVIM exhibe, por primera vez en Valencia, la serie completa de «Las cincuenta y tres estaciones del Tôkai-dô» (1833-1834), obra magna del gran paisajista Hiroshige Utagawa (seudónimo de Tokutarô Andô), el artista clásico japonés más reputado en Occidente junto a su coetáneo Hokusai Katsushika.

El Tôkai-dô era una antigua ruta que conectaba la ciudad de Edo (la actual Tokio) con Keishi (Kioto), la capital imperial. Discurría a lo largo de la costa este de Honshû, la isla principal del archipiélago nipón –de ahí el nombre de Tôkai-dô, que significa, literalmente, «el camino del Mar del Este»–, y estaba jalonada de puestos o estaciones en donde se proporcionaba alojamiento y comida a los viajeros y a sus cabalgaduras.

El Tôkai-dô era una antigua ruta que conectaba la ciudad de Edo (la actual Tokio) con Keishi (Kioto), la capital imperial

Hiroshige la recorrió en 1832, y, fruto de ese periplo, nació esta serie de cincuenta y cinco xilografías –una por cada parada o posta del camino y dos más correspondientes al punto de partida (Edo) y al punto de llegada (Keishi)–, que constituye una obra maestra indiscutible del ukiyo-e («imágenes del mundo flotante»), y, en concreto, del género llamado fûkei-ga («grabados paisajísticos»), centrado, sobre todo, en las «vistas famosas» o meisho, una temática igualmente cultivada por el ya mencionado Hokusai, como demuestra su celebérrima serie Treinta y seis vistas del monte Fuji (ca. 1831-1833), de la que también se presenta en esta exposición su conocida estampa La gran ola de Kanagawa.

Además de convertirse, dentro y fuera de Japón, en la creación más popular de Hiroshige y en la mejor vendida del ukiyo-e, Las cincuenta y tres estaciones del Tôkai-dô se erige en documento gráfico histórico de capital importancia y en paradigma de la estética nipona, pues muestra todos los recursos definitorios del arte clásico japonés, desde la depuración estilística y la línea negra que delimita los contornos de los objetos hasta los colores planos sin sombras ni gradaciones tonales, pasando por la valoración del lleno y del vacío, los encuadres forzados, el desplazamiento del «centro» de la composición a un lado de la imagen, el punto de vista aéreo, la ausencia de distinción entre figura y fondo o la perspectiva basada en escalas jerárquicas de planos antes que en líneas de fuga, características, muchas de ellas, igualmente presentes en el arte chino, al que la pintura y el grabado nipones tanto deben.


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